NYT: “MADURO YA NO CONTROLA NI LA VEGA”
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- CON CASTILLOS INFLABLES Y GRANADAS, LAS PANDILLAS
DEBILITAN EL CONTROL DE MADURO EN CARACAS
- BANDAS
ARMADAS TOMAN EL CONTROL DE VARIAS ZONAS DE LA CAPITAL,
GRUPOS
TERRORISTAS SE INSTALAN EN VENEZUELA MIENTRAS CRECE LA ANARQUÍA
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Isayen Herrera y Anatoly Kurmanaev - NYTimes — Desde el interior del palacio presidencial, y aprovechando su dominio de los medios de comunicación, el presidente Nicolás Maduro pronuncia discursos destinados a proyectar estabilidad en una nación que colapsa.
A medida que el Estado venezolano se desintegra bajo
el liderazgo corrupto de Maduro y por las sanciones de Estados Unidos, su
gobierno está perdiendo el control de amplios sectores del país, incluso dentro de su bastión:
Caracas, la capital.
En ningún lugar es más evidente el debilitamiento de su control sobre el territorio que en las cercanías de la Cota 905, una vía que atraviesa una ladera empinada con vista a los pasillos dorados desde los que Maduro se dirige a la nación.
En el laberinto de casas precarias que conforman la zona de la Cota 905 y los barrios cercanos de El Cementerio y La Vega, hogar de unas 300.000 personas, la pandilla más grande de la capital ha ocupado el vacío de poder dejado por una nación en descomposición: entrega alimentos a las personas necesitadas, ayuda a pagar las medicinas y los funerales, abastece a los equipos deportivos y patrocina conciertos de música. En las fiestas patrias, reparte juguetes y coloca castillos inflables para los niños.
El territorio que controla la pandilla está fuera del alcance de las fuerzas policiales. Y, según dijo un comandante de la policía local, los delincuentes tienen acceso a lanzagranadas, drones y motos veloces, por lo que están mejor armados y mejor pagados que la mayoría de las fuerzas de seguridad de Venezuela.
El
director del CICPC Douglas Rico, «Está, en este momento, un
proceso de conversación con esta organización criminal para que, en principio,
depongan su actitud y entreguen las armas», explicó Rico, al referirse a la
banda liderada por Carlos Luis Revete, alías «El Coqui« Según el
director del CICPC, «se está haciendo un estudio, no solo los organismos de
seguridad, un estudio de alto nivel para ir primero a las conversaciones para
que este grupo de personas depongan de su actitud hostil que han mantenido en
la ciudad de Caracas».
Las pandillas ofrecen una especie de justicia
brutal: los ladrones que son atrapados en las áreas que controlan reciben un
balazo en la mano. Los abusadores domésticos reciben una advertencia; y los
reincidentes son tiroteados, dijeron los residentes. Y los pandilleros que
intentan salir de la delincuencia son perseguidos como traidores.
Pero
muchos de los que viven bajo su control dicen que el dominio de los pandilleros
es mejor que la anarquía y la violencia que reinaban antes de que tomaran el
poder. Los residentes dijeron que no tenían esperanzas de recibir ayuda del
gobierno.
“La mayoría
preferimos vivir así”, dijo Belkys, una residente de las cercanías de la Cota
que pidió ser identificada únicamente por su nombre de pila, por temor a sufrir
represalias por parte de la pandilla. “No vemos una solución real”.
Durante varios años, la ausencia del gobierno ha
sido una realidad en gran parte de Venezuela.
Ante el colapso económico, Maduro ha abandonado
gradualmente las funciones básicas del gobierno en buena parte del país,
incluida la vigilancia, el mantenimiento de carreteras, la atención médica y los servicios públicos; para destinar los recursos cada vez más escasos a
Caracas, hogar de las élites políticas, empresariales y militares que conforman
su base de apoyo.
Refugiado en sus residencias fortificadas de
Caracas, Maduro aplastó a la oposición, purgó a la disidencia en las fuerzas de seguridad y enriqueció a sus aliados en un esfuerzo por eliminar los obstáculos a
su gobierno autoritario.
En áreas remotas, amplias zonas del territorio
nacional cayeron bajo el control de criminales e insurgentes. Pero el dominio de las
pandillas de la Cota 905 y los barrios cercanos, que se encuentran a poco más
de 3 kilómetros del palacio presidencial, es evidencia de que su gobierno está
perdiendo el control incluso en el centro de la capital.
En toda la ciudad, otros grupos armados también han consolidado el control territorial sobre los barrios de clase trabajadora.
“A menudo se ve a Maduro como un autócrata tradicional que controla todos los aspectos de la vida de los venezolanos”, dijo Rebecca Hanson, socióloga de la Universidad de Florida que estudia la violencia en Venezuela. “En realidad, el Estado se ha vuelto muy fragmentado, muy caótico y en muchas áreas es muy débil”.
A medida que el alcance del gobierno en los barrios
marginales de Caracas se redujo, el crimen organizado creció, lo que hizo que
los funcionarios de Maduro tuvieran que negociar con las pandillas más grandes
para reducir la violencia y mantener el control político, según entrevistas con
una decena de residentes, así como con policías, funcionarios y académicos que
estudian la violencia.
En el proceso, las pandillas con mayor organización
comenzaron a suplantar al Estado en sus comunidades, asumiendo el control de la
policía, los servicios sociales e incluso la aplicación de las medidas
relacionadas con la pandemia.
Agentes de la policía dicen que la pandilla que
ahora controla la Cota 905 cuenta con 400 hombres armados aproximadamente,
gracias a las ganancias del tráfico de drogas, el secuestro y la extorsión, y
que esta ejerce un control total sobre al menos 20 kilómetros cuadrados en el
centro de la capital.
Pandilleros con armas automáticas patrullan las
calles de los barrios y las de las comunidades circundantes y vigilan los
puntos de entrada desde torres de vigilancia dispuestas en algunos techos. El
primer puesto de control está ubicado a unos minutos de trayecto de la sede del
cuerpo de la policía secreta de Maduro.
A medida que la economía venezolana caía en picada,
la pandilla de la Cota comenzó a ofrecer apoyo financiero a la comunidad, con
lo que suplantaron los programas sociales en bancarrota de Maduro, que una vez
ofrecieron comida, vivienda y útiles escolares gratuitos a los pobres.
Después de monopolizar el tráfico de drogas local,
la pandilla de la Cota 905 impuso reglas estrictas a los residentes a cambio de
frenar la violencia y los delitos menores que alguna vez fueron endémicos. Y
muchos residentes aceptan su firme postura contra el crimen.
“Los malandros de antes robaban”, dijo Ojeda, una residente de la Cota 905 que, como otros en la comunidad, pidió que no se publicara su nombre completo por temor a molestar a los pandilleros. “Ahora ellos aparecen con todo lo que se pierde”.
Durante su mandato, Maduro ha pasado de la brutal represión dirigida a los grupos del crimen organizado a adaptarse a estos en un intento por controlar el aumento de la delincuencia.
El valle de La Vega - El Nacional
En 2013, retiró a las fuerzas de seguridad de una
decena de lugares en conflicto, incluido la Cota 905, y las nombró como “Zonas
de paz”, mientras trataba de aplacar a las pandillas. Dos años más tarde,
cuando la política no logró controlar la delincuencia, desató una ola de
asaltos policiales brutales en los barrios.
Las operaciones policiales resultaron en miles de
ejecuciones extrajudiciales, según las Naciones Unidas, lo que hizo que Maduro
fuese acusado de cometer crímenes de lesa humanidad y que se ganara el odio de
muchos de los residentes de los barrios marginales. Ante el embate, las
pandillas cerraron filas y crearon organizaciones cada vez más grandes y
complejas, según Hanson y su colega, la investigadora Verónica Zubillaga.
Incapaz de derrotar a la pandilla de la Cota, el
gobierno de Maduro volvió a las negociaciones con sus líderes, según reveló un
comandante de la policía y dos funcionarios del gobierno que mantuvieron
conversaciones con la pandilla y trabajaron para poner en práctica los
acuerdos.
Nuevamente, las fuerzas de seguridad tienen
prohibido ingresar a la comunidad, según el comandante de la policía, quien no
está autorizado para discutir la política estatal y lo hizo bajo la condición
de anonimato.
Con el acuerdo con el gobierno, la pandilla de la Cota redujo los secuestros y asesinatos y comenzó a implementar algunas políticas estatales. Durante la pandemia, los delincuentes hicieron cumplir estrictamente las reglas de confinamiento y el uso de mascarillas, dijeron los residentes locales. Y la pandilla está trabajando con el gobierno para distribuir entre la comunidad los escasos alimentos y útiles escolares que quedan, dijeron los residentes y los dos funcionarios.
“La banda está enfocada en la comunidad”, dijo
Antonio García, un residente de uno de los barrios. “Siempre están pendientes
de que nos llegue la bolsa de comida”.
Ojeda dijo que durante la última temporada de carnaval
recibió de la pandilla 300 dólares —una suma grande en un país donde el salario
mínimo mensual se ha derrumbado a alrededor de los dos dólares— para comprar
juguetes y dulces para su familia. Los residentes dijeron que a los jóvenes de
la comunidad se les ofrecen trabajos como vigías o guardias de casas de
seguridad por los que se paga entre 50 y 100 dólares a la semana, más de lo que
ganan la mayoría de los médicos e ingenieros en Venezuela.
Aceptar estos trabajos es más sencillo que
dejarlos. Poco después de que el hijo mayor de Ramírez, quien no quiso dar su
nombre completo por temor a la pandilla, comenzara a ser vigía en la Cota 905,
descubrió que su vida ahora pertenecía a la pandilla.
“Cuando
volvió tenía ropa nueva, zapatos nuevos, pero no paraba de llorar”, dijo
Ramírez. “Quería volver y no podía”.
Las
protestas contra el gobierno están prohibidas en la zona y los pandilleros
convocan a los residentes a los centros de votación durante las elecciones,
dijeron los residentes.
Los integrantes “nos dicen que si tumban al
gobierno nos vamos a afectar nosotros también, porque entrará la policía”, dijo
Ana Castro, residente de Cota. “Se acaba la ‘Zona de paz’ y nos vemos
perjudicados”.
En privado, algunos funcionarios del gobierno
defienden los pactos de no agresión con las pandillas más grandes al advertir
que la medida ha reducido drásticamente la violencia.
Las muertes violentas en los barrios marginales de
Caracas se han reducido a la mitad desde mediados de la década de 2010, cuando
la capital venezolana era una de las ciudades más peligrosas del mundo, según
cifras de Mi Convive, una organización local sin fines de lucro.
Pero académicos y analistas que estudian el crimen
en la ciudad dicen que la reducción de los homicidios evidencia el creciente
poder de las pandillas de Caracas contra un gobierno cada vez más débil. El
desequilibrio, dijeron los expertos, coloca al gobierno y a la población en una
posición cada vez más peligrosa y vulnerable.
Los cambios en el balance de poder se hicieron
evidentes en abril, cuando la pandilla de la Cota disparó contra una patrulla
de la policía y se apoderó de un tramo de esa carretera, que atraviesa Caracas.
Ese lugar estaba a cinco minutos en coche del palacio presidencial y el bloqueo
paralizó la capital durante varias horas.
Pero el gobierno permaneció en silencio a pesar de todo. Las fuerzas de seguridad nunca llegaron a retomar el control de la vía. Una vez que la pandilla se fue, los oficiales retiraron con discreción la patrulla destrozada.
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